Dejó el narcotráfico para preparar sushi estilo Sinaloa: ahora sus restaurantes generan $5.7 millones al año

LOS ÁNGELES, California.- Francisco Mendoza tenía 18 años cuando agentes aduanales lo arrestaron en la garita de San Ysidro, en la frontera entre México y California. En el maletero de su vehículo encontraron 60 libras de marihuana. Era 1994. Solo estuvo unos días en una prisión federal porque se inscribió en un curso para aprender electricidad en una escuela técnica de Los Ángeles.

Pero no aprendió la lección. Seis años después agentes antinarcóticos lo detuvieron en una casa en el norte de Indiana, donde había 249 kilos de cocaína. En su acuerdo de culpabilidad aceptó que cometió cuatro delitos de conspiración para poseer, distribuir y transportar narcóticos. Entonces tenía 23 años. Esa vez el castigo fue más duro: 11 años tras las rejas, de los cuales cumplió 9 por su buena conducta.

Salió libre en 2009, sin un dólar en el bolsillo y con un récord criminal que se volvió un obstáculo a la hora de buscar empleo. “En esos nueve años tuve mucho tiempo para reflexionar. Al salir pensé: ‘¿Qué haré con mi vida?’”, relata Mendoza en una entrevista con Univision Noticias.

Esos primeros meses consiguió un trabajo reparando aires acondicionados, un oficio que aprendió en la cárcel. Parecía que ese sería su destino, hasta que su primo José Calderón, recién emigrado de Sinaloa, llegó a su casa en La Puente, un suburbio en el este del condado de Los Ángeles.

“Me contó que era cocinero’. Yo dije: ¿cocinero en Culiacán? Yo creía que cocinaba (preparaba) droga. Pero me respondió: ‘no, soy sushero: hago sushi, soy chef”, recordó aquella conversación en 2010. Para mostrarle lo que sabía, el primo le preparó su mejor platillo y Mendoza se enamoró de esa mezcla de las cocinas japonesa y sinaloense: mariscos, carnes, quesos y arroz. Probó por primera vez lo que llamado estilo “sushinaloa”.

Aún con el sabor en el paladar se le vino una idea: comprar un camión de comida para vender esos manjares en el sur de California. Ya que no tenía dinero para una “lonchera”, buscó en internet una “carreta”, un puesto móvil de madera que le permitiera ofrecer el delicioso shushi mexicano en la calle.

La única carreta que podía pagar con los 1,800 dólares que había ahorrado para casarse la vendían en Tijuana, México. Un pariente se la trajo a Los Ángeles. Así empezó su aventura empresarial.

En 2011, ese puesto con llantas y que traía el rótulo de ‘Sushi Island’ se puso por primera vez en una banqueta de la avenida Sunset, en La Puente. “Así comencé a vender en la calle, como ambulante, como el que vende fruta o hot dogs”, contó orgulloso. Sus primeros clientes desconfiaron de sus platillos, tan distintos a los tradicionales tacos que se consumen por todos lados en Los Ángeles. “Usted va a enfermar a alguien”, le reclamó una persona. “Yo les explicaba que le echábamos al sushi todo lo que estaba en las taquerías”.

Le fue bien en esos días, pero le llovieron las multas por vender sin permiso. Cansado de eso, Mendoza se puso a preparar el sushi sinaloense en el patio de la casa de su madre. Vendía los viernes y domingos, para que no lo molestaran los inspectores municipales. La carreta se volvió un adorno de su negocio improvisado, un ingreso adicional a su empleo como reparador de aires acondicionados.

Aquella fonda inició con una silla de plástico «prestada» y una mesa. En su mejor momento tuvo 24 sillas y 6 mesas. Toda su familia se involucró en la venta: unos servían, otros cocinaban; su madre picaba la cebolla y preparaba las aguas frescas.

De la carreta al primer establecimiento

La suerte le sonrió en marzo de 2011, cuando su popularidad llegó a oídos del cantante de música regional mexicana Gerardo Ortiz, quien le llamó para pedirle que lo recibiera con su equipo un día fuera de la jornada habitual. “Usted póngase y le va a ir bien”, le dijo el artista.

Esa vez supo sobre el poder de convocatoria de las redes sociales. “Como Gerardo Ortiz lo posteó en Facebook y en Instagram se dejó venir toda la gente, Ahí comencé a agarrar mucha popularidad”, afirma.

Otros cantantes que vieron la publicación también acudieron a probar esos platillos. “Llegaron los de la banda El Recodo, Chiquis Rivera, Noel Torres, Adrián Favela, Ángel Del Villar; boxeadores y modelos. Iban a mi casa a comer en la carretita”, cuenta Mendoza, emocionado por la anécdota.

Ellos también regaron la voz en la internet, aunque Mendoza no tenía siquiera una cuenta de Facebook. El efecto fue inmediato: llegaban tantos clientes que los ingredientes se acababan en solo cuatro horas. Eso lo llevó a pensar en grande: “Vi que la gente iba porque la comida era única, porque no había sushi mexicano en Estados Unidos. Cuando lo probaban algo causaba en su paladar”.

Mendoza cree que el buen servicio también fue una pieza importante. “Regalábamos la cerveza y vendíamos el agua de horchata (ríe). Se hizo un ambiente familiar. Éramos muy hospitalarios”.

Expandirse implicó tomar un riesgo: refinanciar la casa de su madre para abrir su primer restaurante en La Puente. Le puso ‘El Sushi Loco’, su versión de la popular cadena de restaurantes de comida rápida ‘El Pollo Loco’. Abrió sus puertas el 15 de diciembre de 2011.

“Con los 52,000 dólares que me dieron por el refinanciamiento de la casa monté el restaurante”, relató. El costo de apertura se redujo porque él mismo instaló el sistema eléctrico, la plomería y los aparatos de aire acondicionado.

Aunque ese local solo tenía capacidad para 20 personas, comenzó con el pie derecho. “Ganaba 200 dólares al día, después 300, 400, 500 y de repente llegamos a 1,000 dólares. Ahora ese restaurante es el que más produce, el año pasado ganó 2.8 millones de dólares”, asegura.

“Yo era un destructor de vidas”

Ahora tiene otros dos establecimientos, uno en Downey que inauguró el 15 de junio de 2015 y otro en Pomona que abrió sus puertas el pasado 3 de diciembre. Tiene 120 empleados. El negocio de Downey facturó 2.9 millones de dólares en 2018, sumando un ingreso total de $5.7 millones. Él espera que su nueva sucursal cierre este año con una ganancia de al menos 1.4 millones de dólares.

El empresario también se encarga de hacer el catering en los camerinos de bandas sinaloenses, cantantes y grupos norteños, incluyendo los que comían en el patio de su casa, que se presentan en Los Ángeles. Le piden ese suculento híbrido de mariscos, carne asada, pollo, quesos y arroz. Su popular ‘sushi emperador’ tiene camarones cocidos, carne asada y queso crema.

“He luchado bastante, me siento muy bendecido”, dice el restaurantero. “A través del éxito se puede enseñar, pero a través de las fallas se puede enseñar aún más”, reflexiona este hombre, quien reconoce que la vida no le dio una, sino dos oportunidades para rectificar su camino.

“Hubiese querido tener un buen mentor, un coach, alguien que me hubiera dicho ‘sí se puede’, ‘déjate de eso’, ‘no hagas esas cosas’. Me dejé llevar por el dinero, los carros, los lujos, por ese tipo de influencia”, dice refiriéndose al tiempo en el que estuvo en el narcotráfico.

Ni un solo centavo de su época como delincuente fue usado en las inversiones de sus negocios, afirma. “Salí de la cárcel sin un cinco (una moneda de cinco centavos). Mi mamá me prestó 1,000 dólares y mi hermano otros 2,000 dólares para comprar un carro. Estaba quebrado”, cuenta.

Su humilde carreta ‘Sushi Island’ que adorna el exterior de uno de sus populares restaurantes “es la historia de esos paisanos de México que vienen a luchar”, reflexiona este hombre.

Mendoza nació hace 44 años en el Este de Los Ángeles. Su padre lo secuestró cuando tenía tres años y se lo llevó a Sinaloa. Cuando cursaba le segundo grado se dio cuenta que necesitaba de su madre y lo devolvió a California. Se graduó de la preparatoria Roosevelt y era un beisbolista prometedor, pero se salió del redil y terminó inmerso en el crimen organizado.

“Yo era un destructor de vidas y ahora quiero ser un constructor de vidas”, dice este hombre que ha participado en varias causas benéficas. Ahora está interesado en dar charlas en cárceles de menores.

Lleva siete años casado con una sinaloense que enamoró a través de cartas que le enviaba cuando estaba en una prisión federal. Tiene dos hijos de 3 y 5 años.

Cuando se le pregunta qué les recomendaría a los emprendedores, Mendoza es conciso: “que no se den por vencidos, que no importa dónde y cómo comiencen, que luchen por sus sueños”.

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