En la raya: RÁPIDO Y FURIOSO

El armamentismo
Por José Luis López Duarte

Dos noticias se han cruzado en los últimos días que parecen ser parte de un plan que quién sabe para qué propósito y, más bien, al estilo de AMLO crea una cortina de humo y una justificación ante el fracaso de la inseguridad. Culpar a los de antes y justificar la incompetencia y el fracaso.

En principio, el decreto del presidente López Obrador publicado el viernes pasado, con vigencia de cuatro años para que el ejército y la marina realicen labores de vigilancia policial “esporádicamente”, junto con la Guardia Nacional, que es una mezcla entre soldados y policías, sobre todo federales ¿Para qué el decreto si ya existe el marco legal?

Y a renglón seguido, el canciller Marcelo Ebrard reitera una solicitud de información al gobierno de Estados Unidos sobre la operación “Rápido y Furioso” que la DEA (siglas en inglés para “Administración para el Control de Drogas”) el 2009 puso en operación, casualmente cuando inició la guerra del narco en México, misma que aún vivimos.

Para comprender la situación que vive el país y la tesitura de su gobierno, es el resultado de un largo proceso del rol que ha jugado el narcotráfico, sobre todo después de la guerra de Corea, cuando pasó la droga de ser un insumo de la guerra a tener un uso masivo.

En la segunda guerra mundial, y las sucesivas, que libraron los Estados Unidos en el sudeste asiático (Vietnam y Corea) fue casi un asunto “institucional” entre gobiernos.

Después de 1953, cuando vino su prohibición y combate por el gobierno mexicano, se convirtió en negocio de bandidos marginales en la vida institucional del país, de campesinos pobres encasillados en la sierra madre occidental, principalmente.

En 1973 surge la DEA como una pequeña oficina del gobierno norteamericano para combatir un pequeño negocio de drogas en el occidente de México, que a fines de los setentas se convierte en el cartel de Jalisco y luego se involucra en la operación de la guerra contra el gobierno sandinista de Nicaragua y las guerrillas en otros países, sobre todo El Salvador.

La operación “Leyenda” de la DEA, que escondía en ella operaciones de la CIA para financiar la contrarevolución en Centroamérica, se transformó después del escandaloso periplo que significó la muerte de Enrique Camarena, agente encubierto de la DEA, para crear el negocio del narcotráfico a gran escala y convertirlo en uno de los negocios más rentables en el mundo.

El armamentismo fue otro negocio, como el narcotráfico, que creció en paralelo con él. Aunque en la actualidad solo hay una tienda de armas en México, en la calle circulan 22 millones según estimaciones del senado de la república, lo que significa que el tráfico de Estados Unidos para acá es intenso, hoy por hoy es el negocio más lucrativo del mundo.

En México, después de 1968 y del “Halconazo” de 1971, en 1972 se prohibió la venta de armas, se cerraron todas las tiendas y también las fábricas, sobreviviendo durante algún tiempo la fábrica Mendoza, y por supuesto las del ejército.

Pero no fue problema, el narco se encargó de traficar drogas de aquí para allá y de mover armas de Estados Unidos a México, así en diez años pasamos del M1 y M2 de la segunda guerra mundial al R15 y AK47 de la guerra de Corea, y de allá a las calles de México.

Durante 40 años se han importado armas de los Estados Unidos a México por la frontera con complacencia de las autoridades. La operación “Rápido y Furioso”, como la guerra del narco, ha resultado un ardid para elevar la armamentización de los cuerpos de seguridad mexicanos: Un negocio más.

Hoy en día policías y soldados mexicanos portan en promedio 10 mil dólares en equipamiento cada uno, para ello se ha adquirido armamento, uniformes, transporte y equipo bélico como helicópteros de guerra, gasto que elevó el número de fuerzas armadas en México y multiplicó exponencialmente su presupuesto. Las armas, la guerra y la violencia, todo ha sido un negocio. Y, políticamente, ha sido pura simulación.

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